Yo amo la ficción televisiva

1:45 p.m.

Hace algunos días leí un texto que me pareció sumamente interesante de la Revista Mexicana de Comunicación. Es en torno a un [muy necesario] debate sobre la formación real de los egresados de las carreras de Comunicación, y si éstas deberían matricular a profesionistas prácticos o con formación teórica. Aunque más que eso lo que se plantea es cómo tener una clara directriz para fomentar lo mismo la aplicación que la creación de la ciencia como tal podría darle una real identidad a los egresados de estas carreras, que solemos ser conocidos como todólogos y eso, en la mayoría de los casos, nos complica el camino laboral (y obviamente en las retribuciones económicas).

El texto presenta los nuevos escenarios que estamos viviendo por los cuáles es urgente replantear el perfil del egresado: ¿comunicólogos o comunicadores? He ahí el gran dilema. Y a mi me hizo mucho ruido porque, desde donde estoy, me parece que no se trata de irse a uno u otro bando, sino de entender cómo la práctica puede dar pie a mejorar la ciencia, y cómo el conocimiento de las bases teóricas puede afectar positivamente en los productos mediáticos que consumimos.

La Comunicación, o Comunicología, afirma con mucha razón el texto, nació como tal en el siglo XX y siempre fue como el patito feo de otras disciplinas de las que irremediablemente se ha nutrido: Sociología, Antropología, Historia, Psicología. Todas han servido para estudiar con lupa los fenómenos que surgen desde los mass media, pero a como están las cosas en estos días hacen falta nuevas aportaciones y muchas más disciplinas que se unan a lo que estamos viviendo. Si, nadie está en contra de los estudios transdisciplinarios, pero eso obliga a que el comunicólogo tenga una visión clara de lo que puede aportar como un científico social, como ese personaje capaz de entender la complejidad de lo que surge dentro de los medios de comunicación y capaz también de complementarla desde otras miradas.

¿Y a qué voy con esto? A que este texto, más uno de esos golpes de buena fortuna de la vida en los que he podido encontrar personas que desde sus propias disciplinas están observando a ciertos maravillosos objetos de estudio, como las telenovelas mexicanas, me han hecho pensar en la necesidad que tenemos en nuestro país para explicarle a los jóvenes estudiantes que ver la televisión, por ejemplo, es algo que va más allá de decir "Guácala porque es Televisa", "eso es cosa de Peña Nieto", "Es algo para jodidos".

Sí, estoy totalmente de acuerdo en la función crítica que debemos tener como observadores sociales, pero también estoy totalmente en desacuerdo con la manera en la que la televisión se ha estudiado en México en las últimas décadas. Somos un país donde lo político permea a todo lo demás; cualquier tema, cualquier situación, cualquier nota o evento que parezca relevante forzosamente tiende a pasar por el cristal político y, tristemente, casi siempre se queda a ese nivel. Increíble que México, teniendo una de las mayores industrias audiovisuales en el mundo, tenga sesgos tan fuertes inclusive desde las esferas intelectuales. Lo más impresionante es que queda de lado toda la carnita, todo lo rico, todo lo que casi nadie quiere ver o explicarse: la parte cultural, las aportaciones, la manera de entender esto como una economía, como un aporte lingüístico, estético, histórico...

¿Sería tan terrible formar, desde las aulas, a estudiantes que entiendan que ver telenovelas no denigra a nadie? ¿Será espantoso decirles que la ficción televisiva va mucho más allá que eso? ¿Que ver series estadounidenses no los hacen mejor ni peor persona que las telenovelas mexicanas, colombianas, venezolanas o brasileñas? ¿Será acaso un pecado ponerles de tarea que las miren, así como los enseñan a ver el cine (el malo y el bueno), poniendo atención en los estilos, en las narrativas, en los contenidos, en las temáticas, en lo que se dice sin decir nada cuando uno las ve todos los días, en sus creadores, en el momento histórico en el que son creadas? ¿Será posible que cada vez más entidades universitarias creen posgrados de Comunicación para el estudio de estos temas, sin que los interesados debamos buscarlos en otras áreas del conocimiento?

Motivada por eso, y sobre todo porque creo firmemente en que tener estos conocimientos nos puede ayudar no sólo a aportar algo a nuestra sociedad (que espero algún día pueda ser una labor reconocida), sino a alentar a que las nuevas generaciones tengan la curiosidad de registrar toda esta época repleta de estímulos audiovisuales a los que estamos expuestos día con día, es que este post es una especie de declaratoria, o campaña, o iniciativa para decir, sin pena ni culpa, QUE YO AMO LA FICCIÓN TELEVISIVA. Como telenovelas, como series, como productos nacionales o extranjeros. AMO LA FICCIÓN TELEVISIVA porque creo que su valor y aporte es fundamental, y porque creo que también lo es la aparición de muchos más científicos, comunicólogos, que sepan entender estos fenómenos desde sus justas dimensiones. 



¡Basta de decir que son el opio del pueblo! Los productos de ficción son necesarios, tanto como quien sepa comprenderlos.

¿Qué dicen, se unen a esta iniciativa?


(Lee aquí el texto ¿Formar comunicadores o comunicólogos? El debate en torno a la comunicología como ciencia aplicada)

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